Afganistán: la vida de las mujeres bajo un régimen de control absoluto
En Kabul, el peso de las restricciones se siente como una jaula invisible. Cinco mujeres afganas, cuyas voces resuenan con una mezcla de resignación y rebeldía, compartieron sus historias sobre cómo enfrentan un día a día marcado por el control absoluto. Desde que los talibanes retomaron el poder en 2021, sus vidas se redujeron a un conjunto de prohibiciones: ya no pueden estudiar después de los 12 años, ni acceder a espacios públicos como parques, piscinas o gimnasios. Incluso los salones de belleza, antes refugios de socialización, les están vedados. Al salir de casa, deben cubrirse por completo, dejando al descubierto solo las manos y los ojos. Quienes desafían estas normas se exponen a castigos severos, incluida la prisión.
El líder supremo, Haibatulá Ajundzadá, insiste en que las mujeres han sido «liberadas» bajo el nuevo régimen, argumentando que su interpretación estricta de la ley islámica las protege. Pero la realidad que describen estas mujeres es otra. «Todas las puertas están cerradas», confiesa una de ellas, cuya identidad se mantiene en reserva por seguridad. Para ellas, la libertad no es más que un recuerdo lejano.
Sanam, de 25 años, soñaba con ser médica. Hoy, ese sueño se desvaneció, pero no su determinación. Vive en un pueblo empobrecido, donde cada mañana recibe a un grupo de niñas ávidas de aprender. «Me siento privada de mis derechos y enfadada», admite. Aunque enseñar está prohibido y podría costarle caro, no puede evitar compartir lo poco que sabe. «Las chicas de mi edad en otros países son libres. Nosotras estamos en una jaula, pero seguimos intentando volar. Tenemos esperanza, a pesar de todo».
A cientos de kilómetros, en una de las ciudades más grandes del país, Sayamoy, una viuda de 34 años, lucha por mantener viva la esperanza en sus hijos. Su esposo, un oficial militar, fue asesinado, dejando atrás un vacío que parece insuperable. «A veces desearía no ser mujer», confiesa, con la voz quebrada. Pero cuando mira a sus pequeños, encuentra fuerzas para sonreír, aunque sus ojos delaten el dolor. Para distraerlos, inventa historias sobre un futuro mejor: una casa con habitaciones amplias, camas cómodas y un jardín donde puedan correr sin miedo.
Sayamoy trabaja como limpiadora para sostener a su familia, pero en las tardes, transforma su modesta vivienda en un aula improvisada. Una pequeña pizarra blanca en la pared es testigo de su resistencia. «Les enseño lo que puedo, aunque sea peligroso», explica. Cuando sale a la calle, debe ir acompañada, como exige el régimen. «Me han dicho que me vaya, que no puedo estar aquí sola. Pero ¿adónde iría?».
Estas mujeres no se rinden. Aunque el mundo parece haberse olvidado de ellas, encuentran formas de resistir: enseñando en secreto, soñando en voz alta, aferrándose a la idea de que, algún día, las alas volverán a crecerles. Mientras tanto, Kabul sigue siendo un lugar donde la esperanza se mide en susurros y la libertad, en pequeños actos de rebeldía.





